Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cada noche, al ir a la cama,
le lanzo un beso a la luna en pijama.
Desde mi almohada, con voz de algodón,
le canto un secreto en mi habitación.
Ella me escucha con su cara brillante,
redonda y serena, tan dulce y gigante.
Es como una lámpara hecha de helado,
que cuelga en el cielo, suave y callado.
La luna no habla, pero parpadea,
con ojos de estrella y risa de marea.
Le gusta que juegue con mi imaginación,
y que le dibuje un sol de cartón.
—“¿Estás solita?” —le digo bajito—
y el viento responde con tono bonito:
—“La luna te mira desde su hamaca,
te cuida los sueños con luz que no opaca.”
Le lanzo un beso que vuela y gira,
como mariposa que nunca se estira.
Y cuando la luna lo ve llegar,
se pone un vestido de brillo lunar.
Así cada noche, sin falta ninguna,
le regalo al cielo un beso para la luna.
Y ella me cuida, desde su rincón,
como un farolito dentro del colchón.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
le lanzo un beso a la luna en pijama.
Desde mi almohada, con voz de algodón,
le canto un secreto en mi habitación.
Ella me escucha con su cara brillante,
redonda y serena, tan dulce y gigante.
Es como una lámpara hecha de helado,
que cuelga en el cielo, suave y callado.
La luna no habla, pero parpadea,
con ojos de estrella y risa de marea.
Le gusta que juegue con mi imaginación,
y que le dibuje un sol de cartón.
—“¿Estás solita?” —le digo bajito—
y el viento responde con tono bonito:
—“La luna te mira desde su hamaca,
te cuida los sueños con luz que no opaca.”
Le lanzo un beso que vuela y gira,
como mariposa que nunca se estira.
Y cuando la luna lo ve llegar,
se pone un vestido de brillo lunar.
Así cada noche, sin falta ninguna,
le regalo al cielo un beso para la luna.
Y ella me cuida, desde su rincón,
como un farolito dentro del colchón.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados