Asklepios
Incinerando envidias
Su paso por la vida fue, digamos, anónimo. Jamás quiso resaltar. Gustaba de la tranquilidad. Pensaba mucho. Creo que hasta demasiado.
Era un crítico insaciable de todo y, esta filosofía vital tan pesimista, le facilitó, sin duda alguna, su ostracismo. Decía que, desde luego, le hubiese gustado disfrutar mucho más de las facilidades que le ofreció, durante algunas etapas de su vida, el dinero, pero no le pesaba demasiado. Siempre estuvo más inclinado hacia la pasividad que a la acción.
Aunque de niño fue un crío alegre y vital, fua al terminar sus estudios básicos que comenzó a cambiar, pasando a ser, poco a poco, más y más introvertido, al tiempo que un inexplicable sentimiento de vergüenza, junto a un imparable aumento en el sentir y sufrir por un sentimiento de ridículo fueron, día a día, experiencias más y más ingobernables. Así, en esta pelea, pasó su adolescencia y llegó a la madurez. Su autoestima brillaba por su ausencia, aunque, bien es cierto que, aquellos que no lo conocían bien, no eran capaces de darse cuenta de cuánto sufría a causa de su fragilidad interior que durante demasiados años procuró, siempre, disimular.
Durante su adolescencia, lo quisiera o no, los pasó esquivando compromisos. Y aunque todos decían de él que era persona muy social y agradable de trato, jamás dejó de padecer el castigo de su íntima y personal inseguridad y despiadada autocrítica. Aunque este intenso enfrentamiento íntimo que se desarrollaba en su cabeza bien se puede entender como algo incapacitante en lo que se refiere a las relaciones sociales, sorprende que llegó a tener varias compañeras sentimentales en sus años de adolescencia e incluso hasta bien cumplidos los 30 años, pero todas ellas tuvieron un triste final. Unas veces, por la inseguridad de ellas ante el débil proyecto de futuro desde el punto de vista económico que él podía ofrecer; otras veces, decían alguna de ellas que les llegaba a resultar aburrido; otras… Así, fuera cual fuese el motivo, ninguna de sus relaciones llegó a buen puerto, a lo que su extraña manera de entender el mundo, añadía al final de todo, una enorme decepción en lo tocante a la vida sentimental que le tocó vivir. Cuando hablábamos sobre todo esto, y resumiendo, para no hacer de esto un calvario, decir que terminó por aceptar y asumir la soledad como camino de vida, algo que, visto con perspectiva, la verdad es que, bien porque adaptara a ello, bien porque era a lo que estaba predestinado, lo cierto es que su vida se amansó para bien, llegando, razonablemente, a “ser feliz”
Era un crítico insaciable de todo y, esta filosofía vital tan pesimista, le facilitó, sin duda alguna, su ostracismo. Decía que, desde luego, le hubiese gustado disfrutar mucho más de las facilidades que le ofreció, durante algunas etapas de su vida, el dinero, pero no le pesaba demasiado. Siempre estuvo más inclinado hacia la pasividad que a la acción.
Aunque de niño fue un crío alegre y vital, fua al terminar sus estudios básicos que comenzó a cambiar, pasando a ser, poco a poco, más y más introvertido, al tiempo que un inexplicable sentimiento de vergüenza, junto a un imparable aumento en el sentir y sufrir por un sentimiento de ridículo fueron, día a día, experiencias más y más ingobernables. Así, en esta pelea, pasó su adolescencia y llegó a la madurez. Su autoestima brillaba por su ausencia, aunque, bien es cierto que, aquellos que no lo conocían bien, no eran capaces de darse cuenta de cuánto sufría a causa de su fragilidad interior que durante demasiados años procuró, siempre, disimular.
Durante su adolescencia, lo quisiera o no, los pasó esquivando compromisos. Y aunque todos decían de él que era persona muy social y agradable de trato, jamás dejó de padecer el castigo de su íntima y personal inseguridad y despiadada autocrítica. Aunque este intenso enfrentamiento íntimo que se desarrollaba en su cabeza bien se puede entender como algo incapacitante en lo que se refiere a las relaciones sociales, sorprende que llegó a tener varias compañeras sentimentales en sus años de adolescencia e incluso hasta bien cumplidos los 30 años, pero todas ellas tuvieron un triste final. Unas veces, por la inseguridad de ellas ante el débil proyecto de futuro desde el punto de vista económico que él podía ofrecer; otras veces, decían alguna de ellas que les llegaba a resultar aburrido; otras… Así, fuera cual fuese el motivo, ninguna de sus relaciones llegó a buen puerto, a lo que su extraña manera de entender el mundo, añadía al final de todo, una enorme decepción en lo tocante a la vida sentimental que le tocó vivir. Cuando hablábamos sobre todo esto, y resumiendo, para no hacer de esto un calvario, decir que terminó por aceptar y asumir la soledad como camino de vida, algo que, visto con perspectiva, la verdad es que, bien porque adaptara a ello, bien porque era a lo que estaba predestinado, lo cierto es que su vida se amansó para bien, llegando, razonablemente, a “ser feliz”