Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mateo soñaba llegar a la luna,
decía: “¡La toco! ¡Seguro que hay una!”
Pero en su barrio todos decían:
“¡Eso es muy tonto, las lunas no se crían!”
—No puedes volar —le dijo un señor—
mejor sé doctor, pintor o cantor.
Pero Mateo, con ojos de estrella,
seguía creyendo en su propia huella.
Construyó una escalera con libros usados,
con risas, canciones y sueños guardados.
Cada peldaño era un pensamiento,
un “sí puedo” dicho con sentimiento.
Al subir, caía a veces de espaldas,
pero se sacudía con fuerzas renovadas.
“No importa el tropiezo —decía al viento—,
la luna me espera, ¡yo tengo el intento!”
Un día llegó a un techo alto,
y allí un niño lloraba en asfalto.
Mateo bajó, le dio su escalón,
y le dijo: “Sube, hay sitio en mi canción”.
Más niños vinieron con sueños callados,
y juntos subieron, muy emocionados.
No era una luna de queso o cristal,
era algo mejor: una idea inmortal.
Porque la luna, dijeron al ver,
no está allá arriba, está en el creer.
Y cada escalera que uno construye,
con fe, con amor, el alma instruye.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
decía: “¡La toco! ¡Seguro que hay una!”
Pero en su barrio todos decían:
“¡Eso es muy tonto, las lunas no se crían!”
—No puedes volar —le dijo un señor—
mejor sé doctor, pintor o cantor.
Pero Mateo, con ojos de estrella,
seguía creyendo en su propia huella.
Construyó una escalera con libros usados,
con risas, canciones y sueños guardados.
Cada peldaño era un pensamiento,
un “sí puedo” dicho con sentimiento.
Al subir, caía a veces de espaldas,
pero se sacudía con fuerzas renovadas.
“No importa el tropiezo —decía al viento—,
la luna me espera, ¡yo tengo el intento!”
Un día llegó a un techo alto,
y allí un niño lloraba en asfalto.
Mateo bajó, le dio su escalón,
y le dijo: “Sube, hay sitio en mi canción”.
Más niños vinieron con sueños callados,
y juntos subieron, muy emocionados.
No era una luna de queso o cristal,
era algo mejor: una idea inmortal.
Porque la luna, dijeron al ver,
no está allá arriba, está en el creer.
Y cada escalera que uno construye,
con fe, con amor, el alma instruye.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados