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Paracetamol

Calimero

Poeta recién llegado
Aunque tomaba paracetamol, los resultados negativos de las analíticas no confirmaban su intenso dolor. No resultaron visibles los virus que mordían su carne. Despacito y con mucha paciencia, habían suplantado su personalidad, ahora lo obligaban a bajarse los pantalones para que le clavaran una aguja alegre, que rebosaba mililitros de un fluido viscoso (normalmente enfrentado a las voces) llamado risperdal. Cuando se encontraba desnudo en medio de las ramblas, buscando el dedo de colón, estaba aún muy lejos de su enfermedad; entonces era un hombre sano buscando su lugar en un mundo enfermo. Aún los virus no habían oído hablar de él. Son ellos quienes alimentan sus peores sueños; ahora convertidos en carne, suplantan la voz -el verbo- y alimentan cepas de virus malbaratados, no aquellos originales que trajeron la poesía desde Saturnus; otros virus artificiales de laboratorio que se replican por los aplausos, infectando una Jam, o cualquier otro evento donde se acostumbra a manipular la palabra con fines benéficos. Aquel hombre, desnudo y encolerizado, sobrevive enfrentado al paracetamol que toma cada ocho horas; son fuertes los gritos de las articulaciones y las punzadas en su cráneo. Son gritos de desesperación porque algo nuevo está naciendo, pero duele:

¡Joder sí duele!
 
Aunque tomaba paracetamol, los resultados negativos de las analíticas no confirmaban su intenso dolor. No resultaron visibles los virus que mordían su carne. Despacito y con mucha paciencia, habían suplantado su personalidad, ahora lo obligaban a bajarse los pantalones para que le clavaran una aguja alegre, que rebosaba mililitros de un fluido viscoso (normalmente enfrentado a las voces) llamado risperdal. Cuando se encontraba desnudo en medio de las ramblas, buscando el dedo de colón, estaba aún muy lejos de su enfermedad; entonces era un hombre sano buscando su lugar en un mundo enfermo. Aún los virus no habían oído hablar de él. Son ellos quienes alimentan sus peores sueños; ahora convertidos en carne, suplantan la voz -el verbo- y alimentan cepas de virus malbaratados, no aquellos originales que trajeron la poesía desde Saturnus; otros virus artificiales de laboratorio que se replican por los aplausos, infectando una Jam, o cualquier otro evento donde se acostumbra a manipular la palabra con fines benéficos. Aquel hombre, desnudo y encolerizado, sobrevive enfrentado al paracetamol que toma cada ocho horas; son fuertes los gritos de las articulaciones y las punzadas en su cráneo. Son gritos de desesperación porque algo nuevo está naciendo, pero duele:

¡Joder sí duele!
Tristemente, una amarga experiencia.

Saludos
 
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