Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No te voy a mentir:
hay días en que te uso
como se usa una excusa elegante
para no estar bien.
Te nombro en silencio
y el cuerpo —ese traidor con memoria—
se acomoda como si fueras a llegar,
como si todavía tuviera sentido
dejar la puerta entreabierta
a algo que no vuelve.
Lo más cruel no fue perderte.
Fue acostumbrarme
a esta versión de mí
que arde sin espectáculo,
que desea sin permiso
y luego se sienta
a fingir normalidad
con una dignidad casi patética.
Hay un calor que no se apaga.
No es fuego.
Es brasas.
Es esa temperatura exacta
donde el recuerdo no quema
pero tampoco deja dormir.
Y sí, me río de mí.
Porque amar así
tiene algo de chiste privado:
nadie lo ve,
nadie lo valida,
nadie aplaude esta forma tan precisa
de hacerse daño
con buen gusto.
Si alguna vez te vas del todo,
no será porque dejé de quererte,
sino porque el cuerpo —cansado—
aprendió a cerrar
donde el corazón
insistía en dejar rendijas.
Pero hoy no.
Hoy todavía no.
Hoy sigo aquí,
escribiendo como quien pasa el dedo
por una cicatriz invisible
solo para comprobar
que aún responde.
No por esperanza.
Por costumbre.
Por calor residual.
Por esta absurda necesidad humana
de sentir algo exacto
aunque duela.
hay días en que te uso
como se usa una excusa elegante
para no estar bien.
Te nombro en silencio
y el cuerpo —ese traidor con memoria—
se acomoda como si fueras a llegar,
como si todavía tuviera sentido
dejar la puerta entreabierta
a algo que no vuelve.
Lo más cruel no fue perderte.
Fue acostumbrarme
a esta versión de mí
que arde sin espectáculo,
que desea sin permiso
y luego se sienta
a fingir normalidad
con una dignidad casi patética.
Hay un calor que no se apaga.
No es fuego.
Es brasas.
Es esa temperatura exacta
donde el recuerdo no quema
pero tampoco deja dormir.
Y sí, me río de mí.
Porque amar así
tiene algo de chiste privado:
nadie lo ve,
nadie lo valida,
nadie aplaude esta forma tan precisa
de hacerse daño
con buen gusto.
Si alguna vez te vas del todo,
no será porque dejé de quererte,
sino porque el cuerpo —cansado—
aprendió a cerrar
donde el corazón
insistía en dejar rendijas.
Pero hoy no.
Hoy todavía no.
Hoy sigo aquí,
escribiendo como quien pasa el dedo
por una cicatriz invisible
solo para comprobar
que aún responde.
No por esperanza.
Por costumbre.
Por calor residual.
Por esta absurda necesidad humana
de sentir algo exacto
aunque duela.