Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Bajo las ramas peladas
del sauce del paseo,
un gran charco de agua
dejaron las lluvias de febrero.
Una niña pequeña, de impermeable
y luciendo botas de goma,
se llega hasta el charco,
imagen, embrujo, aroma.
Con cuidado mete un pie primero,
el otro lo mete más decidida.
Asombro en la cara que busca
quién sabe qué felicidad escondida.
Y llegan las risas, los saltos,
caminar en medio del chapoteo.
Se enciende una sonrisa de triunfo,
en el ánimo, ni el menor titubeo.
Cientos de gotas saltan,
alegres llevan el reflejo de su cara,
suben al aire gozosas
como si el cielo las llamara.
El charco se siente feliz
pues, en el agua que guarda,
se dibuja gozoso
el candor de niña que aguarda.
del sauce del paseo,
un gran charco de agua
dejaron las lluvias de febrero.
Una niña pequeña, de impermeable
y luciendo botas de goma,
se llega hasta el charco,
imagen, embrujo, aroma.
Con cuidado mete un pie primero,
el otro lo mete más decidida.
Asombro en la cara que busca
quién sabe qué felicidad escondida.
Y llegan las risas, los saltos,
caminar en medio del chapoteo.
Se enciende una sonrisa de triunfo,
en el ánimo, ni el menor titubeo.
Cientos de gotas saltan,
alegres llevan el reflejo de su cara,
suben al aire gozosas
como si el cielo las llamara.
El charco se siente feliz
pues, en el agua que guarda,
se dibuja gozoso
el candor de niña que aguarda.