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La vida secreta de la muerte

poetakabik

Poeta veterano en el portal
Hablamos de la muerte como herida,
como una sombra súbita y cerrada,
como la luz que muere en la caída
del día sobre el polvo de la nada.

La vemos como pérdida y partida,
como puerta en la noche clausurada;
mas late en su silencio otra guarida,
más honda, más callada y más sagrada.

La vida arde en su afán, pide memoria,
levanta nombres, luchas y fronteras,
defiende el frágil reino transitorio.

Mas llega el tiempo, y dobla sus banderas,
y borra lentamente nuestra historia
como mar que deshace las riberas.

Entonces cae el “yo”, viejo equipaje,
sus máscaras, su afán y su figura;
el alma se despoja del ropaje
y aprende la humildad de la llanura.

Morir no es un abismo ni un ultraje,
es sólo descansar de la amargura;
quedarse quieto al borde del paisaje
y oír cómo respira la ternura.

Como un niño sin nombre ni pasado,
miramos el temblor de la mañana;
el mundo vuelve a ser recién creado.

Y en esa paz tan simple y tan humana
sabemos que perder no nos ha dado
la noche, sino un alba más cercana.

Así la muerte vive, silenciosa,
no como fin, sino como regreso:
la vida, al desprenderse de su losa,
encuentra en el vacío su progreso.

Se apaga el miedo, y surge luminosa
la claridad desnuda del exceso;
y el alma, leve al fin, humilde rosa,
se entrega al infinito sin tropiezo.
 
Hablamos de la muerte como herida,
como una sombra súbita y cerrada,
como la luz que muere en la caída
del día sobre el polvo de la nada.

La vemos como pérdida y partida,
como puerta en la noche clausurada;
mas late en su silencio otra guarida,
más honda, más callada y más sagrada.

La vida arde en su afán, pide memoria,
levanta nombres, luchas y fronteras,
defiende el frágil reino transitorio.

Mas llega el tiempo, y dobla sus banderas,
y borra lentamente nuestra historia
como mar que deshace las riberas.

Entonces cae el “yo”, viejo equipaje,
sus máscaras, su afán y su figura;
el alma se despoja del ropaje
y aprende la humildad de la llanura.

Morir no es un abismo ni un ultraje,
es sólo descansar de la amargura;
quedarse quieto al borde del paisaje
y oír cómo respira la ternura.

Como un niño sin nombre ni pasado,
miramos el temblor de la mañana;
el mundo vuelve a ser recién creado.

Y en esa paz tan simple y tan humana
sabemos que perder no nos ha dado
la noche, sino un alba más cercana.

Así la muerte vive, silenciosa,
no como fin, sino como regreso:
la vida, al desprenderse de su losa,
encuentra en el vacío su progreso.

Se apaga el miedo, y surge luminosa
la claridad desnuda del exceso;
y el alma, leve al fin, humilde rosa,
se entrega al infinito sin tropiezo.
Cuan rufián es la muerte.

Saludos
 
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