Haciendo algún rodeo
la luna entró al aljibe.
Después cerré la tapa.
Atrás el caserío.
Primeras chimeneas.
El último ladrido.
Y un fuego hecho de cartas,
de amantes desairados;
el humo del invierno.
Pensé qué soledad
el viento acumulando
doblones en la costa.
Por cierto aquella fiebre
quemando en la retina.
De gripe o de locura.
Silencio de tapera.
A veces la silueta
pensativa de un búho.
Y un suelo alquitranado,
partido por pimientas
y ruedas de carreta.
El verso está puliendo
sus astas contra el árbol.
Y a mí me deja muescas.
La media luz de julio.
Perdido bajo un cielo
nublado de violines.
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