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La liturgia del pienso

Callejero60

Sé agua ... o nada.

Me miro desde fuera antes de que el sol salga, buscando el error en el sistema mientras el café hace efecto. Pero no hay fallo: hay inercia y pellejo. El bucle no es una jaula, es el camino conocido. Aguanto la mala cara mañanera como quien oye llover, porque mi perro —ese bendito cómplice— me ha perdonado el abandono antes de cerrar la puerta. Echarle su pienso es mi única liturgia: el pacto de lealtad que da sentido a que me largue. Y ahí voy, con sesenta kilómetros de asfalto por delante.


A ver si mis pegotes en la pared aguantan más que las promesas de los que mandan. Mientras los sabios de salón arreglan el planeta con la lengua, yo me mancho los dedos; al menos el cemento no me discute la importancia de existir. Me toca hincar los cuernos de nuevo, embestir el muro y dejarme la piel entre la alfalfa y el polvo. Es un combate mudo donde no hay medallas, solo el sudor de quien sostiene su mundo paletada tras paletada. Sesenta de ida, sesenta de vuelta, y el orgullo de saber que, en este bucle, el que conduce soy yo.
~•~
 
Me miro desde fuera antes de que el sol salga, buscando el error en el sistema mientras el café hace efecto. Pero no hay fallo: hay inercia y pellejo. El bucle no es una jaula, es el camino conocido. Aguanto la mala cara mañanera como quien oye llover, porque mi perro —ese bendito cómplice— me ha perdonado el abandono antes de cerrar la puerta. Echarle su pienso es mi única liturgia: el pacto de lealtad que da sentido a que me largue. Y ahí voy, con sesenta kilómetros de asfalto por delante.

A ver si mis pegotes en la pared aguantan más que las promesas de los que mandan. Mientras los sabios de salón arreglan el planeta con la lengua, yo me mancho los dedos; al menos el cemento no me discute la importancia de existir. Me toca hincar los cuernos de nuevo, embestir el muro y dejarme la piel entre la alfalfa y el polvo. Es un combate mudo donde no hay medallas, solo el sudor de quien sostiene su mundo paletada tras paletada. Sesenta de ida, sesenta de vuelta, y el orgullo de saber que, en este bucle, el que conduce soy yo.
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Una profunda mirada a la lucha diaria del ser humano frente a la rutina y la inercia.

Saludos
 
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