LA CIUDAD QUE HAY EN TUS MANOS
Se abren en el cuenco de la noche
pétalos sangrientos como élitros
La concavidad de tus manos define
en las líneas que las entrecruzan
el plano de una ciudad con forma de renacuajo.
Por los arriates que circuncidan los paseos
monos asilvestrados gimen por recuperar su acervo humano
y trepan a los árboles buscando en las copas
que creen griales el elixir multiusos
besado por el primer rayo de sol.
Un aluvión de tortugas en crescendo
imita el paso cadencioso de los trenes de cercanías
obligando a las gardenias a agruparse
en los pechos suntuosos de las damas.
Ningún sombrero de copa ha disimulado su armónica geometría
al ser reclamado por el grácil bailarín desde el estrado
La orquesta derrama notas azules
mientras el viejo piano se desgrana en blanco y negro.
Todo ocurre en el silencio de la ciudad
que definen las líneas de tus blancas manos.
Todo ocurre mientras te invade el deseo
y eras doblemente cortejada como un zafiro o un gamo.
Tú aceptas graciosamente el reclamo
y repartes volantes rosas para el próximo sorteo.
La noche indiferente a la ausencia de la luna
sigue sangrando sus pétalos de gardenia mancillada.
Pensemos en el desierto tan lejano
en sus pìedras tan ardientes como los pozos de asfalto.
Se abren en el cuenco de la noche
pétalos sangrientos como élitros
La concavidad de tus manos define
en las líneas que las entrecruzan
el plano de una ciudad con forma de renacuajo.
Por los arriates que circuncidan los paseos
monos asilvestrados gimen por recuperar su acervo humano
y trepan a los árboles buscando en las copas
que creen griales el elixir multiusos
besado por el primer rayo de sol.
Un aluvión de tortugas en crescendo
imita el paso cadencioso de los trenes de cercanías
obligando a las gardenias a agruparse
en los pechos suntuosos de las damas.
Ningún sombrero de copa ha disimulado su armónica geometría
al ser reclamado por el grácil bailarín desde el estrado
La orquesta derrama notas azules
mientras el viejo piano se desgrana en blanco y negro.
Todo ocurre en el silencio de la ciudad
que definen las líneas de tus blancas manos.
Todo ocurre mientras te invade el deseo
y eras doblemente cortejada como un zafiro o un gamo.
Tú aceptas graciosamente el reclamo
y repartes volantes rosas para el próximo sorteo.
La noche indiferente a la ausencia de la luna
sigue sangrando sus pétalos de gardenia mancillada.
Pensemos en el desierto tan lejano
en sus pìedras tan ardientes como los pozos de asfalto.