Asklepios
Incinerando envidias
La audacia del relámpago
jamás se atrevió a pedir
permiso al trueno, para iluminar
los cielos: el trueno, por su parte,
lo mismo hizo con el del
rápido destello.
Es curioso, que ambos se
refugian tras los cielos. El uno,
cambia allí parte de sus huellas por
un poco de su luz; el otro, incapaz es
de hacer negocio con su ruido y es
por todos sabido que queda
como naufrago al viento
jamás se atrevió a pedir
permiso al trueno, para iluminar
los cielos: el trueno, por su parte,
lo mismo hizo con el del
rápido destello.
Es curioso, que ambos se
refugian tras los cielos. El uno,
cambia allí parte de sus huellas por
un poco de su luz; el otro, incapaz es
de hacer negocio con su ruido y es
por todos sabido que queda
como naufrago al viento