poetakabik
Poeta veterano en el portal
Siempre hablamos de la muerte
como quien nombra una sombra en la pared,
como si fuera un derrumbe,
un portazo,
una lámpara rota en mitad de la noche.
La vestimos de negro,
la llamamos pérdida,
la acusamos en silencio
de todo lo que nos duele.
Pero…
¿y si la muerte no fuera eso?
¿Y si la muerte viviera
con una respiración más lenta que la nuestra,
sentada en el umbral del tiempo,
esperando sin prisa
a que terminemos de cansarnos?
La vida arde.
La vida exige nombres, luchas, conquistas.
Nos empuja a decir “mío”,
a aferrarnos al cuerpo,
al rostro amado,
a la memoria.
La vida es un fuego hermoso,
sí,
pero quema.
Y el ego —ese animal pequeño—
no deja de pedir,
de temer,
de defender su frontera.
Nunca descansa.
Tal vez la muerte
sea simplemente lo contrario del grito:
un cuenco de agua,
una mano fresca en la frente,
una puerta que se abre hacia el silencio.
No una caída,
sino un regreso.
Mira a los ancianos cuando olvidan.
Mira sus ojos vaciados de historia.
Ya no sostienen banderas,
ya no recuerdan agravios.
Son casi niños
mirando el mundo por primera vez.
¿No hay en esa desnudez
una forma secreta de paz?
Como si la muerte empezara
mucho antes de llegar,
quitándonos peso,
soltándonos nudos,
borrando lentamente
la tiza del “yo”.
Morir tal vez sea eso:
dejar de defenderse.
Dejar de decir
“yo fui”,
“yo tuve”,
“yo quise”.
Y convertirse apenas
en latido,
en aire,
en presencia.
La hoja no protesta cuando cae.
El mar no sufre por cada ola rota.
El cielo no guarda la forma de sus nubes.
Sólo nosotros,
pobres guardianes del nombre,
tememos disolvernos.
Pero todo lo real se transforma.
Todo lo vivo se entrega.
Quizá la muerte
sea la parte más humilde de la vida:
la que barre después de la fiesta,
la que apaga las luces,
la que recoge los restos
y nos acuesta despacio
como una madre cansada.
No viene a destruirnos.
Viene a despojarnos.
A decirnos:
“ya no cargues más,
ya no luches,
ya no seas nadie”.
Y entonces,
cuando por fin soltamos,
algo inmenso respira en nosotros,
algo sin nombre,
sin miedo,
sin orillas.
Como si volviéramos
a la primera claridad del mundo.
Tal vez por eso
los que aprenden a aceptar el instante,
los que viven ligeros,
los que aman sin poseer,
ya mueren un poco cada día…
y por eso mismo
viven más.
Porque han comprendido
que la muerte no es enemiga,
sino descanso.
No es castigo,
sino regreso.
No es noche,
sino silencio lleno de estrellas.
Y que, al final,
morir
puede ser tan sólo
quedarse en paz
con todo.
como quien nombra una sombra en la pared,
como si fuera un derrumbe,
un portazo,
una lámpara rota en mitad de la noche.
La vestimos de negro,
la llamamos pérdida,
la acusamos en silencio
de todo lo que nos duele.
Pero…
¿y si la muerte no fuera eso?
¿Y si la muerte viviera
con una respiración más lenta que la nuestra,
sentada en el umbral del tiempo,
esperando sin prisa
a que terminemos de cansarnos?
La vida arde.
La vida exige nombres, luchas, conquistas.
Nos empuja a decir “mío”,
a aferrarnos al cuerpo,
al rostro amado,
a la memoria.
La vida es un fuego hermoso,
sí,
pero quema.
Y el ego —ese animal pequeño—
no deja de pedir,
de temer,
de defender su frontera.
Nunca descansa.
Tal vez la muerte
sea simplemente lo contrario del grito:
un cuenco de agua,
una mano fresca en la frente,
una puerta que se abre hacia el silencio.
No una caída,
sino un regreso.
Mira a los ancianos cuando olvidan.
Mira sus ojos vaciados de historia.
Ya no sostienen banderas,
ya no recuerdan agravios.
Son casi niños
mirando el mundo por primera vez.
¿No hay en esa desnudez
una forma secreta de paz?
Como si la muerte empezara
mucho antes de llegar,
quitándonos peso,
soltándonos nudos,
borrando lentamente
la tiza del “yo”.
Morir tal vez sea eso:
dejar de defenderse.
Dejar de decir
“yo fui”,
“yo tuve”,
“yo quise”.
Y convertirse apenas
en latido,
en aire,
en presencia.
La hoja no protesta cuando cae.
El mar no sufre por cada ola rota.
El cielo no guarda la forma de sus nubes.
Sólo nosotros,
pobres guardianes del nombre,
tememos disolvernos.
Pero todo lo real se transforma.
Todo lo vivo se entrega.
Quizá la muerte
sea la parte más humilde de la vida:
la que barre después de la fiesta,
la que apaga las luces,
la que recoge los restos
y nos acuesta despacio
como una madre cansada.
No viene a destruirnos.
Viene a despojarnos.
A decirnos:
“ya no cargues más,
ya no luches,
ya no seas nadie”.
Y entonces,
cuando por fin soltamos,
algo inmenso respira en nosotros,
algo sin nombre,
sin miedo,
sin orillas.
Como si volviéramos
a la primera claridad del mundo.
Tal vez por eso
los que aprenden a aceptar el instante,
los que viven ligeros,
los que aman sin poseer,
ya mueren un poco cada día…
y por eso mismo
viven más.
Porque han comprendido
que la muerte no es enemiga,
sino descanso.
No es castigo,
sino regreso.
No es noche,
sino silencio lleno de estrellas.
Y que, al final,
morir
puede ser tan sólo
quedarse en paz
con todo.