del murmullo de una piedra.
Y yo con éste vicio
de oráculo empedernido:
la llamé y la llamé
por su parte más blanda,
por su grieta más tibia,
por su fibra más sorda.
Hasta que me dormí.
Y en el sueño de la palabra
estaba la vanidad.
Y no supe qué callar.
Después,
lo de siempre,
cada vez que la luna
mendigó mis ojos,
repartí limosnas,
y adoré imágenes,
sin perder de vista
que un ladrillo es tierra quemada,
y en un templo entra
y sobra en consecuencia
toda la soledad de los hombres.
Por eso me pregunto,
porqué esta piedra ahora,
porqué este filo encantado,
que no corta ni sutura,
ni responde,
ni me aloja,
y me deja sin argucias,
forastero de mi piel.
Está bien que todos mis nombres
fueran hechos a desmedida,
que haya mantenido cierta geometría
en mis despropósitos, no niego
que caí en desuso por esquivar
símbolos o perseguirlos,
que gocé la austeridad
como un triste privilegio;
pero después de ésta piedra
quisiera ser prístino,
tal vez menos sólido,
el resto de las noches,
todos los días un poco.
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