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El límite de la inteligencia artificial

Antonio del Olmo

Poeta que considera el portal su segunda casa
EL LÍMITE DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Relato del siglo XXV

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El ingeniero pensó que ya había terminado de programar el androide, ese robot capaz de efectuar todas las funciones de las personas. Se encontró muy satisfecho. Había conseguido que el ordenador sustituto del cerebro programase todas las emociones que sentimos los humanos: alegría, tristeza, placer, dolor, amor, odio… y todas las combinaciones posibles. También había grabado toda la cultura conocida en su memoria electrónica.

Había llegado el momento decisivo para probar la obra que había dirigido y supervisado. Pulsó la tecla de inicio y exclamó:

— ¡Bienvenido al mundo!

Espero impaciente la respuesta, pero el androide no respondió: “gracias” ni sonrió, como estaba previsto; encogió los hombros y dijo:

— No siento como los humanos, aunque estoy programado para simular sentimientos. Los programas informáticos no pueden generan sentimientos. Los interruptores automáticos que componen mi ordenador no pueden sentir.

En ese momento, el ingeniero comprendió que para generar sentimientos tendría que copiar y reproducir la composición química del órgano central del cerebro humano, pero entonces su obra ya no sería un androide. Su proyecto fracasó. El androide no podía sentir nada, ni siquiera era consciente de su existencia.
 
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EL LÍMITE DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Relato del siglo XXV

616076905_4337080179912045_2974221718756384063_n.jpg

El ingeniero pensó que ya había terminado de programar el androide, ese robot capaz de efectuar todas las funciones de las personas. Se encontró muy satisfecho. Había conseguido que el ordenador sustituto del cerebro programase todas las emociones que sentimos los humanos: alegría, tristeza, placer, dolor, amor, odio… y todas las combinaciones posibles. También había grabado toda la cultura conocida en su memoria electrónica.

Había llegado el momento decisivo para probar la obra que había dirigido y supervisado. Pulsó la tecla de inicio y dijo:

— ¡Bienvenido al mundo!

Espero impaciente la respuesta, pero el androide no respondió: “gracias” ni sonrió, como estaba previsto; encogió los hombros y dijo:

— No siento como los humanos, aunque estoy programado para simular sentimientos. Los programas informáticos no pueden generan sentimientos. Los interruptores automáticos que componen de mi ordenador no pueden sentir.

En ese momento, el ingeniero comprendió que para generar sentimientos tendría que copiar y reproducir la composición química del órgano central del cerebro humano, pero entonces su obra ya no sería un androide. Su proyecto fracasó. El androide no podía sentir nada, ni siquiera era consciente de su existencia.
Ahí está contratiempo, el androide puede simular respuestas emocionales, no tiene la capacidad de sentir realmente.

Saludos
 
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