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El lápiz que canta

Rosa Reeder

Poeta que considera el portal su segunda casa
En un estuche viejo y cuadrado,

vivía un lápiz, siempre afilado.

No era común, ni era corriente,

tenía un don muy sorprendente.


Cuando lo tomabas con la mano,

cantaba bajito, como un hermano.

Sus notas flotaban en espiral,

y cada palabra sonaba genial.


—¡Soy el lápiz que canta! —decía—

y con mi voz dibujo alegría.

Donde me usas brota el color,

y cada verso lleva una flor.


Con él los cuadernos se volvían jardín,

nacían castillos, soles sin fin.

Los peces saltaban sobre el papel,

y un gato escribía con pincel.


Si alguien lloraba o estaba aburrido,

el lápiz cantaba un canto divertido:

—La tristeza no puede durar,

si un trazo alegre te viene a abrazar.


En la escuela todos querían probar

ese lápiz mágico, sin igual.

Los niños reían sin parar,

¡era imposible no imaginar!


Cantaba en inglés, en chino y francés,

¡hasta rimaba con gran fluidez!

Contaba historias de dragones marinos,

de robots con sueños, de gatos divinos.


Un día la maestra lo quiso guardar,

pensando que era mejor descansar.

Pero el lápiz, fiel y despierto,

le escribió un verso en el escritorio abierto:


“No me encierres, déjame volar,

pues con mi canto puedo ayudar.

Los niños sueñan cuando escribo,

y en cada trazo dejo algo vivo.”


Desde entonces, sin restricción,

el lápiz canta su dulce canción.

Y quien lo toma, con suave atención,

descubre un mundo en su imaginación


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
 
En un estuche viejo y cuadrado,

vivía un lápiz, siempre afilado.

No era común, ni era corriente,

tenía un don muy sorprendente.


Cuando lo tomabas con la mano,

cantaba bajito, como un hermano.

Sus notas flotaban en espiral,

y cada palabra sonaba genial.


—¡Soy el lápiz que canta! —decía—

y con mi voz dibujo alegría.

Donde me usas brota el color,

y cada verso lleva una flor.


Con él los cuadernos se volvían jardín,

nacían castillos, soles sin fin.

Los peces saltaban sobre el papel,

y un gato escribía con pincel.


Si alguien lloraba o estaba aburrido,

el lápiz cantaba un canto divertido:

—La tristeza no puede durar,

si un trazo alegre te viene a abrazar.


En la escuela todos querían probar

ese lápiz mágico, sin igual.

Los niños reían sin parar,

¡era imposible no imaginar!


Cantaba en inglés, en chino y francés,

¡hasta rimaba con gran fluidez!

Contaba historias de dragones marinos,

de robots con sueños, de gatos divinos.


Un día la maestra lo quiso guardar,

pensando que era mejor descansar.

Pero el lápiz, fiel y despierto,

le escribió un verso en el escritorio abierto:


“No me encierres, déjame volar,

pues con mi canto puedo ayudar.

Los niños sueñan cuando escribo,

y en cada trazo dejo algo vivo.”


Desde entonces, sin restricción,

el lápiz canta su dulce canción.

Y quien lo toma, con suave atención,

descubre un mundo en su imaginación


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Bonita poesía infantil e imaginación.

Saludos
 
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