Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
A Bad Bunny le dijeron que cantara
y él decidió hablar.
Que el escenario era demasiado grande para el español,
que el acento estorbaba,
que la rabia no combina con premios dorados, que el Super Bowl no era lugar para cicatrices.
Pero Benito llegó con los bolsillos llenos de isla
y el pecho cargado de nombres que no salen en los noticieros.
Cantó en un idioma que no pidió traducción.
Ganó sin quitarse el acento.
Alzó un trofeo que por décadas negó la lengua materna
y lo sostuvo como quien sostiene una foto vieja:
con orgullo,
con memoria,
con rabia bien educada.
Le llamaron político
como si la existencia no lo fuera.
Como si respirar en español no fuera ya un acto de resistencia.
Dijo ICE out
y no habló de fronteras,
habló de humanidad.
No gritó consignas,
nombró cuerpos.
No señaló banderas,
señaló heridas.
Le exigieron neutralidad
ese lujo que solo tienen quienes nunca fueron perseguidos—
pero Benito sabe
que el silencio también vota,
que callar es tomar partido,
que la música sin conciencia es solo eco.
Mientras unos se indignan,
otros se reconocen.
Madres, migrantes, jóvenes sin permiso para soñar
se ven reflejados en un tipo con gafas raras
que se negó a pedir perdón por existir.
Benito no odia a América.
Benito es América.
La que trabaja, la que migra,
la que canta aunque le digan que no debe.
Y cuando suba al escenario más visto del planeta,
no irá solo.
Irá con la isla a cuestas,
con los que no tienen micrófono,
con los que aprendieron que sobrevivir
también puede rimar.
Porque hay artistas que entretienen
y otros que incomodan.
Benito eligió incomodar.
Y en este tiempo de ruido y miedo,
eso
también
es
arte.
y él decidió hablar.
Que el escenario era demasiado grande para el español,
que el acento estorbaba,
que la rabia no combina con premios dorados, que el Super Bowl no era lugar para cicatrices.
Pero Benito llegó con los bolsillos llenos de isla
y el pecho cargado de nombres que no salen en los noticieros.
Cantó en un idioma que no pidió traducción.
Ganó sin quitarse el acento.
Alzó un trofeo que por décadas negó la lengua materna
y lo sostuvo como quien sostiene una foto vieja:
con orgullo,
con memoria,
con rabia bien educada.
Le llamaron político
como si la existencia no lo fuera.
Como si respirar en español no fuera ya un acto de resistencia.
Dijo ICE out
y no habló de fronteras,
habló de humanidad.
No gritó consignas,
nombró cuerpos.
No señaló banderas,
señaló heridas.
Le exigieron neutralidad
ese lujo que solo tienen quienes nunca fueron perseguidos—
pero Benito sabe
que el silencio también vota,
que callar es tomar partido,
que la música sin conciencia es solo eco.
Mientras unos se indignan,
otros se reconocen.
Madres, migrantes, jóvenes sin permiso para soñar
se ven reflejados en un tipo con gafas raras
que se negó a pedir perdón por existir.
Benito no odia a América.
Benito es América.
La que trabaja, la que migra,
la que canta aunque le digan que no debe.
Y cuando suba al escenario más visto del planeta,
no irá solo.
Irá con la isla a cuestas,
con los que no tienen micrófono,
con los que aprendieron que sobrevivir
también puede rimar.
Porque hay artistas que entretienen
y otros que incomodan.
Benito eligió incomodar.
Y en este tiempo de ruido y miedo,
eso
también
es
arte.
Última edición: