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Al filo del mañana

Callejero60

Sé agua ... o nada.

Al filo del mañana las manos se detienen a mirar y ya no encuentran la herramienta, sino la herida. Han pasado sesenta y cinco veranos, y el mundo dicta que a esta edad conviene entregarse a la contemplación del horizonte; sin embargo, el porvenir no es una estampa de paz, representa una guardia que no admite relevo. Habita una incertidumbre que hoy posee una gravedad distinta.
No es la vacilación del neófito que ignora su destino; es el vértigo de quien comprende la magnitud de lo que sostiene y teme que los cimientos del alma decidan rendirse antes de que termine la tarea.
¿Qué queda de un guerrero cuando el acero se cansa?

El brazo permanece dispuesto y la mente clara para la lid, pero el metal ya tiene demasiadas muescas. Son cicatrices de batallas que muy pocos recuerdan, victorias silenciosas que nadie aplaudió, ni hizo falta. En la oscuridad de la noche, asalta el pánico a la fragilidad: ese miedo a que un quiebro en la resistencia convierta la existencia en el espectador inerme de una vida ajena. Aterra pasar de ser el refugio que todos buscan, a ser el lastre que todos evitan.

Alguna vez asalta la duda de si debiera, en algún momento, usarse la armadura o algún escudo, pero cada uno es como es y a éllo se debe. El trabajo ha sido el lenguaje, la manera de decir "os quiero" sin que temblara la voz; es la gramática que sostiene la identidad. Si el oficio desaparece, ¿qué queda debajo de este cansancio? Al mirar al espejo, a veces se divisa a un dinosaurio, una criatura de otra era, vestigio de un mundo donde el esfuerzo poseía un valor sagrado.
A menudo se cuestiona la propia vigencia, con la duda de si existe una presencia real o apenas un anacronismo que camina por inercia en un tiempo que ya no reconoce antiguos códigos.

Alguien dijo que tras sesenta y tantas vueltas al sol, la senda debería ser un trazado nítido y libre de maleza. Es una falacia. Persigo aún el rastro del camino cierto, rastreando un propósito que trascienda la mera supervivencia. Ignoro si la ruta es hacia la vanguardia o hacia mi propio epicentro, pero aquí permanezco, con el brazo en guardia, aunque la espada esté roma y el espíritu exhausto, porque hay nobleza en el cansancio cuando la causa es justa.
Acaso ser un dinosaurio no consista en ser un estorbo, quizá se trate de ser el último custodio de una fuerza que el mundo moderno ha olvidado cómo invocar. Me niego a ser un residuo del pasado; prefiero verme como el puente que todavía resiste el peso, y mientras exista un solo ser que dependa de mi entereza, mi espada, por muy cansada que esté, no conocerá el polvo del suelo.

Ya me llama el despertador, mi bendito amigo de cuatro patas y orejas caídas.

Es hora de encender el piloto automático; no puedo pararme a mirar las arenas o empezará el día sin mí.
~•~
 
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Al filo del mañana las manos se detienen a mirar y ya no encuentran la herramienta, sino la herida. Han pasado sesenta y cinco veranos, y el mundo dicta que a esta edad conviene entregarse a la contemplación del horizonte; sin embargo, el porvenir no es una estampa de paz, representa una guardia que no admite relevo. Habita una incertidumbre que hoy posee una gravedad distinta.
No es la vacilación del neófito que ignora su destino; es el vértigo de quien comprende la magnitud de lo que sostiene y teme que los cimientos del alma decidan rendirse antes de que termine la tarea.
¿Qué queda de un guerrero cuando el acero se cansa?

El brazo permanece dispuesto y la mente clara para la lid, pero el metal ya tiene demasiadas muescas. Son cicatrices de batallas que muy pocos recuerdan, victorias silenciosas que nadie aplaudió, ni hizo falta. En la oscuridad de la noche, asalta el pánico a la fragilidad: ese miedo a que un quiebro en la resistencia convierta la existencia en el espectador inerme de una vida ajena. Aterra pasar de ser el refugio que todos buscan, a ser el lastre que todos evitan llevar.

Alguna vez asalta la duda de si debiera, en algún momento, usarse la armadura o algún escudo, pero cada uno es como es y a ello se debe. El trabajo ha sido el lenguaje, la manera de decir "os quiero" sin que temblara la voz; es la gramática que sostiene la identidad. Si el oficio desaparece, ¿qué queda debajo de este cansancio? Al mirar al espejo, a veces se divisa a un dinosaurio, una criatura de otra era, vestigio de un mundo donde el esfuerzo poseía un valor sagrado.
A menudo se cuestiona la propia vigencia, con la duda de si existe una presencia real o apenas un anacronismo que camina por inercia en un tiempo que ya no reconoce esos códigos.

Alguien me dijo que tras sesenta y tantas vueltas al sol, la senda debería ser un trazado nítido y libre de maleza. Es una falacia. Persigo aún el rastro del camino cierto, rastreando un propósito que trascienda la mera supervivencia. Ignoro si la ruta es hacia la vanguardia o hacia mi propio epicentro, pero aquí permanezco, con el brazo en guardia, aunque la espada esté roma y el espíritu exhausto.
Acaso ser un dinosaurio no consista en ser un estorbo, quizá se trate de ser el último custodio de una fuerza que el mundo moderno ha olvidado cómo invocar. No soy un residuo del pasado; soy el puente que todavía resiste el peso, y mientras exista un solo ser que dependa de mi entereza, mi espada, por muy cansada que esté, no conocerá el polvo del suelo.

Ya me llama el despertador, mi bendito amigo de cuatro patas y orejas caídas.

Es hora de encender el piloto automático; no puedo pararme a mirar las arenas o empezará el día sin mí.
~•~
La perseverancia no solo como un acto de resistencia, sino una reafirmación de la vida misma.
No importa la edad, sino el entusiasmo y la fe.

Saludos
 
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